Gobernador Antonio Bermúdez de Castro.

Basado en el libro de José Sanchez Adell.

 

No tenemos imagen del Gobernador -- Composición imaginaria
Composición imaginaria

Cuando Bermúdez de Castro fue destinado a la gobernación de Cas-tellón hacía siete años que ocupaba Carlos IV el trono de España. Cuando murió nuestro gobernador era ya la víspera de la Guerra de la Independencia. Alcanzó, pues, su gobierno desde el año 1791 hasta el 1807.

El siglo XVIII, que ya agonizaba, había traído al mundo preocupacio-nes de carácter económico que en España se manifestaron de forma característica. Florecían las Sociedades Económicas de Amigos del País; al amparo de la protección real funcionaban fábricas de loza y tapices, y enmedio de una enorme complicación burocrática, lo ma-terial tenía predilección en el ánimo de los hombres de Estado. En lo que hace a nuestra tierra, Alcora estaba en su mejor época cera-mista, y Castellón proporcionaba las mejores cuerdas de cáñamo a la Marina.

En los mares de la política internacional España navegaba perdida la conciencia del norte de su misión. Ante la Revolución triunfante en Francia se tomó en principio una valiente postura que nos llevó a la guerra con esta nación (1793-1795). Mas no tardó en dominar nue-vamente la inconsciencia en nuestra política, más preocupada por la posibilidad de llevar al trono francés un vástago real español que en los verdaderos intereses de España. El Tratado de San Ildefonso (18 de agosto de 1796) nos ligó al Directorio frente a la Segunda Coali-ción europea contra Francia. Esta fué la línea que nos llevó a Trafal-gar y al Dos de Mayo. Pero esto último ya no lo alcanzó nuestro Bermúdez de Castro.

En lo que respecta a la organización político-administrativa, conocida es la medida tomada por Felipe V al suprimir en 1707 los fueros de los antiguos Reinos. Desde este momento dicha organización fue evolucionando a través de diferentes formas, pero siempre con el denominador común del «absurdo centralismo» (son palabras de Menéndez Pelayo) característico de la España de los Borbones.

En 1791, año de la toma de posesión de Bermúdez, una Real Au-diencia era el organismo central del Reino de Valencia, y cabeza de ella un Capitán General, auxiliado en lo económico por un intenden-te, cargo militar en su origen, investido de funciones civiles en la época borbónica. Dependiendo del Capitán General había una serie de gobernaciones. Aproximadamente el territorio que en tiempos antiguos fuera lochtinencia dellá riu Uxó se hallaba dividido en tres de estas nuevas demarcaciones cuyas capitales eran Castellón, Mo-rella y Peñíscola. Los pueblos que constituían el Partido de Castellón eran éstos: Villarreal, Bechí, Artana, Eslida, Ahín, Alcudia, Veo, Chóvar, Sueras, Villamalur, Benafer, Villanueva, Geldo, Villatorcas, Soneja, Sot de Ferrer, Algar, Cuart, Cuartell, Benicalaf, Benavides, Canet, Almenara, La Llosa, Chilches, Moncófar, Vall de Uxó, Alfon-deguilla, Villavieja, Nules, Mascarell, Burriana y Almazora. Es decir, la parte meridional de la actual provincia de Castellón más algunos pueblos de la de Valencia.

Toma de posesión

D. Antonio Bermúdez de Castro, coronel de los Reales Ejércitos y Capitán del Regimiento de la Real Guardia de Infantería Española, fue nombrado por Carlos IV gobernador militar y político de la villa de Castellón de la Plana y su Partido por título concedido en Aran-juez en 17 de mayo de 1791. En 8 de julio del mismo año le fue otorgado el de corregidor, y en 6 de agosto el de subdelegado de rentas, títulos a los que de manera implícita iba anejo el de subdele-gado de la Real Fábrica de loza fina de Alcora.

Era nuestro personaje natural de la ciudad de la Habana. Fue su pa-dre el coronel D. Roque Bermúdez, miembro de la Orden de San Juan y natural del Ferrol, quien desempeñó cargos de importancia en la administración de las colonias americanas, entre ellos el de Capitán General de la Audiencia de Guadalajara, en Méjico. D.ª Jo-sefa Serrano Calvo fue su madre.

En el Ayuntamiento dióse a conocer el nombramiento del nuevo go-bernador el 9 de noviembre de 1791. Para darle la bienvenida, lo cual hace suponer su llegada aquel mismo día, fueron designados los regidores D. Josef Roig y D. Felipe Catalá. También se comisionó en el mismo acuerdo a D. Pedro Ros y a D. Joaquín Giner para enterar de la novedad al clero, nobles ciudadanos y gremios, e invitarles a la toma de posesión que iba a tener lugar el día siguiente en la Casa Capitular.

El 10 de noviembre por la tarde, como había sido previsto, verificóse el acto con la asistencia de todos los invitados. El gobernador fue acompañado desde su casa por los mismos que la víspera le habían dado la bienvenida, y bajo mazas, hasta el Ayuntamiento. La cere-monia fue sencilla por demás, reduciéndose a la lectura, por el se-cretario, de los títulos y nombramientos.

Domicilio del gobernador

Al llegar Bermúdez de Castro a Castellón ocupó una casa que le pro-porcionó el barón de Benicasim. Mas, sea porque reuniese pocas condiciones, o porque no agradase sencillamente al gobernador, es el caso que a los pocos días hizo presente al Ayuntamiento que la casa en que habitaba era insuficiente para su familia y servicio. El Ayuntamiento, bien por opinar de igual modo, o por razón del más elemental tacto político, reconoció la justicia de esta queja. Pero el problema era encontrar otra casa más idónea que estuviera desocu-pada. No había en la villa más que una que reuniera estas condicio-nes: la que fue del canónigo Segarra y que ahora pertenecía a su hermana D. ª Francisca, quien no la ocupaba por vivir fuera de Cas-tellón. Estaba situada la casa «en uno de los ángulos que forma la calle del Medio con la de Zapateros», es decir, la esquina SE. del lu-gar conocido por las Cuatro Esquinas. Debió gustar al gobernador el sitio, ayer como hoy ombligo de la Villa, y allí trasladó pronto, en trece de enero de 1792, su posada.

Tenía D. ª Francisca como procurador y administrador un su parien-te llamado Manuel Mascarós, vecino de Alcora, y fue éste con quien mediaron los tratos para la ocupación del inmueble, acordándose tabicar ciertos huecos con el fin de separar lo que iba a ser habita-ción del gobernador del resto del edificio. Pero no contaban unos y otros con la decisión de la propietaria, quien al enterarse de lo que ella juzgó abuso de autoridad, elevó recurso ante el Capitán General del Reino, que a la sazón lo era D. Victorio de Navia. El escrito en que exponía sus quejas, redactado por alguien a quien se alude en el acta de la sesión municipal en que se trató este asunto, no estaba exento de malicia. No sabemos cómo acabó este negocio. En los li-bros de sesiones del Ayuntamiento ya no se vuelve a hablar más de él. Pero sí sabemos que, en 1797, cuando murió una hija del gober-nador, éste aún ocupaba la casa de las Cuatro Esquinas, y en ella debió habitar hasta el final de su vida en 1807.

La familia del gobernador

D. Antonio Bermúdez de Castro estuvo casado con doña Joaquina de Echalz y de Mendoza. Era su esposa hija del brigadier D. Lorenzo de Echalz González de Sepúlveda, capitán de Granaderos del Regimien-to de Reales Guardias Españolas, y de D. ª Benita de Mendoza, am-bos naturales de la ciudad de Pamplona.

El 21 de Febrero de 1797 a las doce de la mañana dio a luz D.ª Joa-quina una hija, pero falleció la madre tres horas más tarde a conse-cuencia seguramente del parto. El mismo día fue bautizada la niña, siendo testigos de esta ceremonia don Leandro Espín, ministro de Marina, y D. Claudio Galvañón, administrador de las Rentas del ta-baco. Fue apadrinada por el obispo Salinas, actuando por delegación de éste su secretario el arcipreste de Morella doctor Josef Palos. No sobrevivió mucho la hija a la madre, pues falleció el 17 de febrero del año siguiente, efectuándose su entierro, por una de aquellas cuestiones de etiqueta de la época, sin asistencia del clero, como cuenta el P. Rocafort y vemos en la partida de su defunción. Fue en-terrada, como su madre, en el convento de las Monjas Capuchinas.

Tuvo Bermúdez de Castro otros hijos, que al morir el padre eran de corta edad, quedando como tutor suyo el marqués de Usátegui.

El afán de mejorar a Castellón

El gobernador Bermúdez de Castro vino a su cargo con una verda-dera fiebre renovadora. Gozando, como gozaba, de extensas atribu-ciones, a todo lo que representara progreso de la villa llevó su ges-tión. Los procedimientos que empleó fueron, como de la época, ex-peditivos, no dudando en ponerse, en ocasiones, enfrente de las au-toridades locales. Podemos afirmar que el gobernador Bermúdez dio una nueva fisonomía a Castellón y que esta fisonomía se ha mante-nido a través de casi siglo y medio hasta nuestros días, en que se está perdiendo, si es que no se ha perdido ya.

Mejoras en general. — Estas ansias de mejoras pronto las manifestó nuestro gobernador, pues ya en el Ayuntamiento de 29 de noviem-bre de 1791 es presentada una relación de gastos por obras hechas de orden de su señoría en la cárcel de la Villa, de donde era muy frecuente en aquella época que los presos se escaparan haciendo galerías en el suelo. También llamaron pronto su atención los cami-nos. En primero de septiembre de 1792 se comisiona a D. Salvador Catalá para que se encargue de dirigir las reparaciones que se han de hacer en el del Mar, entradas y salidas de la Villa y arrabales de ésta.

Una red de pozos distribuidos por la Villa proporcionaba, como se sabe, abastecimiento de agua a la población. En esta época (1792) fue construido el del arrabal del Calvario y fueron puestas cubiertas a los de la calle de Enmedio, el de Maig (Cuatro Esquinas) y del Coll de Balaguer, al de la calle Mayor (enfrente de la de Villamargo) y al de la Judería.

La atención del gobernador llegó incluso a la repoblación forestal, tan actualizada en nuestros días. No ha de sorprender esta atención en aquellos tiempos puesto que entonces era propietaria la Villa de dos magníficos pinares que constituían una buena reserva de lo eco-nómico y en el aspecto sanitario. Uno de ellos se conserva y es el del Grao, más el otro, situado a espaldas del convento de San Fran-cisco y cruzado por la carretera de Valencia, fue desapareciendo poco a poco y hoy no queda ni rastro de él. Bermúdez de Castro se dio cuenta de la importancia de este asunto, y, así, le vemos en 1 de diciembre de 1792 comunicando al Ayuntamiento sus gestiones para comprar plantones y hacer viveros, pero quejándose de que los celadores de plantíos no se toman el interés debido. Los celado-res fueron llamados y reprendidos por su conducta.

En 1793 las lluvias causaron enormes daños en el campo, casco ur-bano y alrededores de éste. La acequia mayor, el barranco de Al-mazora y la «Cequiota» los sufrieron con mayor intensidad. Los puentes que sobre esta última daban paso a los caminos de Alcora y del Calvario (hoy Paseo de Ribalta), fueron llevados por la corriente. Para tratar de poner remedio a estas calamidades, el 18 de octubre de dicho año reunió la Junta de Propios el gobernador en su domici-lio. Se acordó redactar un informe para la superioridad, de lo cual se habían de encargar Fray Joaquín del Niño Jesús, Carmelita descalzo, y Nicolás Dols, ambos «arquitectos aprobados por la Real Academia de San Carlos de Valencia», junto con Gaspar Navarro, albañil, y expertos labradores. De este memorial se acordó enviar un ejem-plar al Consejo y otro al Intendente del Reino. Este acusó recibo en 20 de noviembre, interesándose al propio tiempo por la urgencia de las obras a realizar. Se le contestó que eran ineludibles.

Otro aspecto muy interesante de la gobernación de Bermúdez de Castro es el referente al mercado de los lunes en la plaza Nueva o del Rey. En 1800 la plaza de la Iglesia, o plaza Vieja, resultaba insu-ficiente para la gran cantidad de vendedores que concurrían a la fe-ria. Por esta razón hubo de disponer el gobernador que los puestos de turrones, plateros, libros y quincalla quedasen en dicha plaza y que el resto se trasladase a la del Rey, recién construida. A este mercado se le dio el carácter de semanal y se había de celebrar los lunes, como aún se hace. El primer mercado fue el del día 28 de oc-tubre de 1800.

Nos hemos de ocupar, por último, a otra mejora que alcanzó Caste-llón en esta época de que estamos tratando. Nos referimos al ce-menterio. No había en la Villa un cementerio único y adecuado. Los enterramientos se efectuaban en uno que había en el actual Merca-dillo, al lado del Ayuntamiento, además de en la iglesia parroquial y conventos, principalmente en el de las Capuchinas.

En febrero de 1792 se tenían que celebrar rogativas por el feliz alumbramiento de la reina María Luisa. El Ayuntamiento suplicó al obispo Salinas que interviniese para evitar que siguiesen producién-dose los malos olores que salían de la parroquial. El propósito de la Corporación era no celebrar la función en dicha iglesia si no se ponía remedio. Pero intervinieron el obispo y el gobernador, y no hubo que lamentar ningún incidente desagradable. A pesar de ello, la si-tuación seguía, pues en ocho de marzo, al tenerse que celebrar fies-tas por el parto de la reina, el problema volvióse a plantear. De esta manera iba transcurriendo el tiempo sin que se emprendiesen tan necesarias obras.

En 1802, D. Francisco Giner, barón de Benicasim, ofreció terrenos propios situados en las proximidades del arrabal de San Félix, pero el proyecto no tomó vías de realización. Fue al año siguiente, en 17 de octubre, cuando dieron comienzo las obras del campo santo. El emplazamiento elegido fue el del antiguo Calvario. Los gastos fueron costeados por el vicario de la parroquial D. Lázaro Ruiz, y dióse fin a la construcción el 31 de enero de 1804, teniendo lugar la bendición el 28 de abril de este mismo año. El antiguo cementerio fue cedido a D. Domingo Bayer, oidor de la Real Audiencia de Valencia, que hizo de él un jardín anejo a su casa.

Urbanización de Castellón. — Siempre que se habla de Bermúdez de Castro en Castellón va su nombre unido a la idea de las mejoras urbanísticas que en tiempo de su gobierno aquí se llevaron a cabo. Todos los autores que de él han hablado se han preocupado por des-tacar este aspecto de su actuación, y el conocimiento de ello se ha hecho popular.

A finales del siglo XVIII la villa de Castellón era casi la misma en ex-tensión que tres siglos antes. Es decir, lo que quedaba comprendido dentro de las primitivas murallas, más dos arrabales, el de San Francisco y el de San Félix, extendidos a la manera de pseudópodos en el sentido de Valencia y Barcelona, respectivamente. Las mura-llas corrían por lo que hoy son aceras interiores de las calles de José Antonio, Calvo Sotelo, plaza del Rey, de la Victoria, Clavé, San Luis, y por la que lleva el nombre de nuestro personaje, actualmente la primera, por el pasadizo que aún se llama el vallás.

El primer problema era cubrir el valladar que contorneaba la Villa y abrir nuevas calles en las caras exteriores del muro. Sobre estas obras son varias las noticias que tenemos a través de las actas de sesiones del Ayuntamiento. El procedimiento era el de conceder es-tablecimientos de patios a particulares para que éstos construyeran sus casas. En 25 de enero de 1792 vemos a unos vecinos de la calle de Pescadores que lo solicitan. A los pocos días, en primero de fe-brero, otros vecinos piden permiso para construir desde la puerta de la calle de Caldereros (Ruiz Vila) hasta la esquina del convento de San Agustín. En 17 de marzo hacen la misma petición otros de la calle de Villamargo, solicitando además tanda de agua para los huer-tos que resultarían en las traseras de sus casas. La parte Este de la Villa, fue, pues, como vemos, la primera en recibir los beneficios de las reformas, pero no en su totalidad. El tramo septentrional de lo que es ahora calle de Bermúdez de Castro necesitaba aún de traba-jos previos. En 28 de enero de 1793 se comunica al Ayuntamiento que la bóveda del huerto de las Capuchinas está obstruida; se acuerda que éstas deben arreglarla antes de una semana . En 23 de octubre del mismo año se dice que el engullidor del valle junto a las tierras de Agustín Rodas, al lado también del convento de las Capu-chinas, amenaza derrumbarse. Aquí tenemos una prueba de la rapi-dez con que se tramitaba todo lo referente a las obras públicas. El día 26 ya tenían hecho el reconocimiento los «peritos albañiles», y el 30 del mismo mes se ordenó al propietario que debía hacer con ur-gencia las reparaciones necesarias.

Referente a esta parte de la población es de 23 de agosto de 1794 la última petición de establecimientos de patios que hemos encon-trado. La formuló D. Juan Vallés, que era entonces coronel de Mili-cias Provinciales, y le fue denegada, por cierto.

En relación con las obras del valle hemos de citar el arriendo de la lonja «a Juan de Matheu, tratante de nación francés», quien en con-trato firmado el 7 de noviembre de 1792 ofrecía pagar doscientas libras valencianas para aquellas obras, como en efecto las pagó en 25 de enero del año siguiente. Ultima consecuencia de este contrato fue la donación que, por indicación del gobernador, se hizo a Juan de Matheu del terreno que ocupaba el pozo llamado de la Judería, entre las calles de la Mealla y Caballeros.

No se descuidaban las reformas en otros sectores de la Villa. La pla-za del Calvario (Ravalet) también fue hermoseada. Para esta plaza pidió en 16 de junio de 1792 el establecimiento de unos patios (soli-citados ya por su padre) D. Juan Fernández Cienfuegos, el mismo que algún tiempo después sería uno de los que protestarían contra los métodos pedagógicos del maestro Sanchis Albella. Se le concedió el establecimiento que solicitaba.

En 1794 fue derribado el Portal de la Purísima, y dos años después, en 1796, todas las murallas antiguas, dando lugar al nacimiento de las nuevas calles de San Joaquín, Pany de les Creus, Descarregador, Vall, y Gobernador, que ya había sido iniciada tiempo atrás.

La plaza Nueva fue terminada en 1798 sobre lo que habían sido oli-vares llamados de Maceret y Panizares. Un retablo de azulejos re-cordaba este acontecimiento, pero fue destruido hace pocos años. En 1800 empezaría a celebrarse en la nueva plaza el popular mer-cado de los lunes.

No queremos terminar estas noticias acerca del progreso urbanístico de Castellón en tiempos del gobernador Bermúdez de Castro, sin ci-tar una obra que por aquel entonces se llevó a cabo. Nos referimos al Palacio del Obispo mandado construir por Fray Josef Antonio de Salinas, que lo era de Tortosa. Se empezó a construir en 1792, se-guramente a finales de verano, pues el 26 de septiembre presentó una petición don Miguel Tirado, encargado de las obras, para que se le permitiese cubrir la acequia mayor en aquel trozo y arrancar un olmo negro que molestaba para la construcción de la fachada. Fue-ron los arquitectos Fray Joaquín del Niño Jesús y Nicolás Dols. Se terminó en 1795, y en 8 de marzo de este mismo año ya empezó a habitarlo el obispo Salinas.

Al discurrir sobre estas obras, nuestro pensamiento va hacia otro gobernador famoso: Campoamor, y la construcción del camino nue-vo del Mar. En ambos existe una misma voluntad firme de llevar a sus gobernados el progreso material que éstos merecen. Alguna vez hubiera sucedido que Castellón saliera de su estrechez, pero quiso el destino poner como realizador de la empresa a D. Antonio Bermúdez de Castro. Una prueba de que se debió casi todo a su impulso la te-nemos cuando en sesión municipal «los señores aprobaron y reco-nocieron el beneficio que de ello se sigue al público y lo que el señor gobernador se esmera a este fin, a quien dieron gracias por ello y por lo que se prometen continuará Su Señoría su buen celo en estos importantes objetos».

Otras atenciones públicas. — La obligación de atender las necesi-dades de sus subordinados no la olvidó el gobernador Bermúdez. Los años finales del siglo XVIII no fueron precisamente años de abun-dancia. La necesidad se sentía especialmente entre las clases humil-des. En vista de esto, en septiembre de 1797, el gobernador ordenó el establecimiento de «tres casas para la venta de harina con el fin del pronto socorro de los pobres y de las urgencias del común». En 1802 continuaban las necesidades y reinaba la escasez. Bermúdez de Castro publica entonces un bando para que los jornaleros tengan abiertas las puertas de sus casas y se les dará una libra de alubias, dos dineros para aceite y un tercio de pan de munición. El Padre Ro-cafort, de quien tomamos esta noticia, agrega que todo fue «a ex-pensas de un corazón piadoso y eclesiástico». ¿Pudo ser este cora-zón piadoso y eclesiástico el del obispo Salinas, que tanto cariño sentía hacia el pueblo de Castellón? Gimeno Michavila también reco-ge esta noticia, pero dice que la limosna fue dada del bolsillo parti-cular del gobernador. En cualquier caso, estos hechos nos muestran una faceta más del alma de aquel hombre emprendedor.

Una figura muy interesante de aquella época, contemporáneo de Bermúdez de Castro, es el obispo Salinas, aquel amante de nuestro pueblo que residió más en éste que en Tortosa, sede de su diócesis. Se nos ocurre preguntar: ¿Qué relaciones debió haber entre ambos personajes? En una época de frecuentes roces por cuestiones de etiqueta y de prejuicios autoritarios, es interesante anotar la buena voluntad que los dos pusieron para que sus relaciones caminaran siempre por cauces de amistad y buenos modos. Debía ser el obispo hombre elástico y consciente de su papel, y esto haría posible segu-ramente la convivencia de dos tan altas autoridades en una pobla-ción de escaso número de habitantes, como era el Castellón de aquellos días.

Ya hemos hecho mención de los forcejeos que hubo entre el Ayun-tamiento y el clero en ocasión de las rogativas por el parto de la reina y de cómo fueron salvadas las diferencias por la intervención del prelado. Las demostraciones de consideración entre éste y el gobernador eran frecuentes. Cuando vino a Castellón el General de los Franciscanos Fray Joaquín Company, a quien también agasajó el Ayuntamiento, el obispo Salinas pidió a Bermúdez de Castro permiso para tocar las campanas de la torre, cuya propietaria era, como es sabido, la villa, y el permiso fue concedido.

El 14 de febrero de 1794 se celebró un Te Deum por el feliz parto de la reina. Los cumpleaños del rey también se celebraban solemne-mente y a ninguno de ellos faltaba el obispo junto al representante de la autoridad civil y militar. Es curioso observar que estos cum-pleaños del monarca dejáronse de solemnizar en 1800, por acuerdo unánime del gobernador y del obispo. ¿Podemos sospechar algún significado político en ello?

Esta amistad la vemos corroborada por el hecho de que cuando al ver la luz la hija que a Bermúdez de Castro le nació en Castellón, se dignó el obispo Salinas apadrinarla.

En cierta ocasión, en 1798, en que se celebraba una procesión de rogativas por la lluvia, se produjo un desagradable incidente entre el clero y el Ayuntamiento. Intervino también el obispo, y todo quedó solucionado a satisfacción de las autoridades municipales.

Junto al lecho de muerte del gobernador, éste recibió el consuelo paternal del obispo, presente también en el acto solemne de darle la Extremaunción.

El gobernador y el Ayuntamiento

Era el gobernador, como es sabido, presidente nato de la Corpora-ción municipal. Hemos aludido ya a las entonces frecuentes cuestio-nes de puntillo entre autoridades. No es raro, pues, que también se diesen entre el Ayuntamiento y su presidente.

Nos viene a la memoria el reciente «Campoamor», de Traver, y re-cordamos aquellas animadas escenas de la llegada del poeta a nues-tra ciudad. Imaginamos nosotros también, en nuestro caso, la ex-pectación que entre toda la población despertaría la llegada del nue-vo gobernador. Su condición de militar de alta graduación daría lu-gar a mil comentarios.

En los primeros años nada hay que nos haga sospechar relaciones ásperas. Pero Bermúdez de Castro gobernó en Castellón más del tiempo suficiente para atraerse enemistades. Es en 1797 cuando en-contramos las primeras muestras de la inevitable discordancia entre el Municipio y el gobernador. Fue ello en ocasión de discutirse el mé-todo pedagógico de Sanchis Albella, de lo que hablaremos más ade-lante, pleito en que Bermúdez tomó el partido contrario al del Ayun-tamiento. Este, aparentemente al menos, mostraba abrigar los me-jores deseos de concordia. Por aquellos días ocurriósele al goberna-dor establecer las mencionadas casas de harinas con el fin de favo-recer a los pobres de la villa. El proyecto fue comunicado al Ayun-tamiento y éste respondió que lo veía muy bien, mostrando sus de-seos de armonía, que, según ellos, era «la base de la felicidad».

No obstante, la deseada armonía no prosperó antes, al contrario, iba de mal en peor. En 1798 se dieron normas para el establecimiento de milicias provinciales, y su aplicación debía discutirse en el Ayun-tamiento, como así se hizo. Mas estas sesiones no fueron presididas ninguna de ellas por el gobernador ni por el alcalde mayor, a quie-nes correspondía. Estas ausencias levantaron sospechas en la supe-rioridad e hicieron que ésta se dirigiera al Municipio inquiriendo las causas de aquéllas. La contestación dada fue de que no lo sabían, ni ellos eran los más indicados para averiguarlo por cuanto no eran «jueces de su conducta», refiriéndose al gobernador. Como se ve, esta respuesta encerraba cierta velada mala intención.

Durante largas temporadas el gobernador no presidía sesiones muni-cipales. Cuando la urgencia de algunos asuntos le obligaba, convo-caba en su casa a aquellos que debían ayudarle a resolverlos. A principios de 1800 lo vemos aparecer de vez en cuando por la Casa Consistorial. Luego, estas apariciones se hacen rarísimas. En los úl-timos años de su gobierno —que fueron también los últimos de su vida— la enfermedad que iba quitándole los alientos, se lo impidió de todo punto.

El Hospital de Caridad de la Villa de Castellón

Es conocida de todos la existencia en Castellón, desde el siglo XIV, de un Hospital de la Villa, cuyo estudio, hecho de manera sencilla-mente magistral, debemos a D. Luis Revest Corzo. Era vieja, pues, en la época de Bermúdez de Castro, la tradición de la asistencia pú-blica en nuestro pueblo.

También sabemos que no hubo servicio público al que no llegaran las iniciativas del gobernador, y en cuanto al hospital pronto debió manifestar su deseo de cambios. Tal vez por esta razón, el 14 de diciembre de 1791, D. Ramón Gaeta pidió que se le relevase del cargo de Administrador del hospital. Días más tarde, el 26 del mismo mes, fue nombrado Narciso Breva para sustituirle.

Indudablemente, el hospital resultaba insuficiente para los servicios que tenía que prestar, pero tampoco los recursos de que disponía eran muchos. Ropas, camas y alimentos se necesitaban con urgen-cia. En 2 de julio de 1794, el gobernador hace presente al Ayunta-miento esta situación. Lo propio hacía el administrador en 1 de sep-tiembre de 1795. Ante todo, esto, se acordó salir a pedir limosna y rogar al vicario que exhortase a los feligreses desde el púlpito. El mismo año 1796 la angustia se agrava a causa de los muchos solda-dos que se acogen al hospital. El Intendente del Reino no quiere pa-gar los gastos hechos por aquéllos más que al terminar el año, y Narciso Breva no tiene más remedio que pedir al gobernador que gestione ante el Intendente el cobro de dichos gastos de tres en tres meses.

La asistencia la efectuaba un médico. En 1794 murió el titular Dr. Antonio Castell, y solicitaban la plaza vacante los doctores Vicente Goda y Bernardo Castell, siendo nombrado el primero.

A pesar de la pobreza del establecimiento, Bermúdez de Castro se propuso la construcción de un nuevo edificio. Las obras empezaron en 1802 con las limosnas de todos los vecinos y la ayuda de los la-bradores con su aportación personal. Todo era movido por el entu-siasmo del gobernador, terminándose las obras en 1805. La parte artística no fué olvidada por el promotor de la obra. Al pintor Joaquín Oliet encargó un lienzo con un Crucifijo, cuyo importe había de re-clamar luego el artista, después de muerto el gobernador.

El hospital recibió por aquellos años un legado de cierta considera-ción. fue la donante D. ª María Martí, viuda de don Antonio Vallés, de Forcall, quien en su última voluntad había dejado establecido que se vendiesen todos sus bienes, y que la tercera parte, que importa-ba 2.937 libras, 8 sueldos, 10 dineros, fuese entregada para socorro de las necesidades del hospital. La entrega de esta cantidad tuvo lugar el 27 de mayo de 1807, efectuándola como albacea de D. ª María Martí, el Dr. Francisco Carceller, y la ingresó seguidamente el presidente en el arca de tres llaves.

Pero la caritativa institución estaba cargada de deudas. El mismo día que el pintor Oliet pedía que se le pagase su cuadro, Bautista Baya-rri, carpintero, y Tomás Moliner, cerrajero, hacían una reclamación análoga. Presentaban un decreto al margen, del gobernador, certifi-cando que eran ciertas dichas deudas y ordenaba les fuesen satisfe-chas del legado de doña María Martí. El Ayuntamiento vaciló en este último punto y acordó pedir consejo al obispo Salinas. Este contestó que se debía hacer lo ordenado por el gobernador.

En las deudas del hospital quedaba aún otro capítulo: el del dinero adelantado por Bermúdez de Castro de su propio bolsillo. La canti-dad ascendía, según declaró en su testamento, a 12.436 reales, a los que renunció, excepto a cien doblones sencillos que dejaba para sus hijos. Pero dejemos este punto para más adelante, cuando tra-temos del testamento del gobernador.

Las Aulas de Gramática

Estudiadas ya en una monografía, nos referiremos a ellas solo en cuanto a la intervención que el gobernador tuvo en esta famosa ins-titución castellonense.

Ya hemos dicho que todo gustaba de vigilarlo el gobernador. No es raro, pues, que así lo hiciera también en el aspecto de la cultura cuando la educación de la población infantil no debía caracterizarse por su esmero, según deducimos de un bando publicado por el go-bernador del Río en 1783, en que obligaba a los padres a llevar a sus hijos a las escuelas. Idéntica medida hubo de tomar Bermúdez de Castro en dos ocasiones. Un bando de 8 de septiembre de 1798, y otro de 14 de febrero de 1801 anunciaban medidas coercitivas en este asunto, siendo interesante el último por darse además en él ór-denes precisas sobre policía urbana.

Los centros de enseñanza con que contaba Castellón en aquella épo-ca eran algunas escuelas y las Aulas de Gramática que gozaban de vieja tradición y viejo prestigio científico. A las primeras dedicaba sus afanes el benemérito sacerdote D. José Breva, y de las segun-das hubo mucho que hablar en el tiempo del gobernador Bermúdez. Apenas hacía un mes de su incorporación al cargo, cuando ya hubo de trabar relación con este centro docente. fue ello el 6 de diciem-bre de 1791, en el acto de la bendición de la capilla de las Aulas, ocasión en que predicó un famoso sermón aquel curioso dominico castellonense que se llamó fray Manuel Martín y Picó, sermón que fue sacado después a la luz por las prensas de Benito Monfort, en Valencia.

En enero de 1794 dimitió de su plaza el maestro Jaime Bernat, y, sin previo concurso, fue dada al agustino fray Vicente Boxadors. Mas el 11 de junio el Ayuntamiento, presidido por el gobernador, atendien-do a las excelentes dotes de D. Joaquín Sanchis Albella, dió dicha plaza a este maestro, de quien se prometían grandes beneficios para la juventud estudiosa. No salió todo como se las prometían, según vamos a ver.

No era, por lo visto, Sanchis Albella de los que se conforman con seguir los caminos trillados. No conforme con los viejos métodos pe-dagógicos, ideó unos nuevos que puso en práctica en las Aulas. Pero no gustaron las innovaciones. El 15 de julio de 1796, una comisión de padres de familia formuló un memorial quejándose de la poca aplicación de los alumnos. El Ayuntamiento, en sesión de 27 de agosto del mismo año, acordó que se hiciesen exámenes por peritos para juzgar el método empleado. Sanchis Albella se opuso a ello, alegando que él ya había sido examinado por la Real Academia de San Carlos, única autoridad que podía juzgarle.

Ante esta actitud del maestro, el Municipio quiso despedirle. Pero intervino Bermúdez de Castro, quien en 18 de octubre reunió al Ayuntamiento en su casa, y de acuerdo con el obispo Salinas, que también estaba presente, se acordó dejar el asunto en manos del prelado. Este, con su habitual espíritu de concordia, trató de que las cosas se arreglaran de la mejor manera, para lo cual propuso un plan de estudios que, después de algunas vacilaciones, fue aceptado por el Ayuntamiento el 15 de marzo de 1797.

Pero no terminó aquí el asunto, pues Sanchis Albella continuó en su actitud de independencia, hasta que, en 1801, siendo de nuevo de-nunciado por los padres, el Ayuntamiento no quiso ya oír más razo-nes y decretó su expulsión. El maestro apeló ante el Consejo y allí se vio el pleito, en el que Bermúdez de Castro informó a favor del maestro.

A pesar de todo, Sanchis Albella tuvo que dejar las Aulas de Caste-llón en 1804. Pero queda como detalle interesante de su paso por nuestra ciudad, el apoyo que en todo momento recibió de nuestro gobernador.

Bermúdez de Castro y la Guerra de la Independencia

El año 1804, aquel en que se terminaron las obras del cementerio, fue de grandes calamidades para la Villa. A la escasez y carestía que venían de años atrás, se unió ahora una epidemia que causó mu-chas víctimas. En esta situación se hallaba Castellón cuando apare-cieron los primeros síntomas de la contienda con la Francia napoleó-nica.

Bermúdez de Castro, hombre atento a los sucesos de la política in-ternacional, no pudo por menos que sentir la gravedad del momento por que atravesaba su patria.

Castellón no podía estar ausente del movimiento de defensa nacio-nal. Ya en 1794, por una orden de 13 de junio, se había dispuesto la organización de un cuerpo de voluntarios para ir a la guerra con Francia. Este cuerpo se llamó de Migueletes de la Villa de Castellón, y para él se alistaron quinientos hombres bajo el mando del coronel de Milicias Provinciales, D. Juan Vallés. También se organizó enton-ces otro cuerpo de Caballería voluntaria por D. Pedro Ros, que apor-tó cincuenta caballos de su propiedad. El mismo Bermúdez de Cas-tro, en 4 de noviembre de aquel año, pedía al Ayuntamiento sesenta hombres para la Guardia del Rey. En todas estas ocasiones el entu-siasmo de la Villa se manifestó de manera elocuente.

En 1803 se acordó de nuevo el alistamiento de Milicias Provinciales. A los pocos años, el peligro era inminente. El levantamiento del Dos de Mayo de 1808 es la fecha inicial de la Guerra de la Independen-cia. Pero Bermúdez de Castro no llegó a verlo.

La muerte del gobernador

Desde 1806 el gobernador se hallaba enfermo. Las dolencias que sufría habían ido agravándose, hasta que en agosto de 1807 su es-tado era ya de suma gravedad.

Sintiéndose morir, el 25 de dicho mes, a las diez de la mañana, hizo llamar al escribano D. Antonio Pascual de la Rúa, a quien dictó su testamento en presencia de los testigos D. Antonio Roig, Dr. D. Francisco Carceller, D. Josef Traver, presbítero, D. Joaquín Giner y D. Manuel Mor.

Empezaba Bermúdez de Castro por encomendar su alma a Dios. Mandaba que su cadáver fuera amortajado con el uniforme de co-ronel, y enterrado en la iglesia del convento de las monjas Capuchi-nas, en el mismo sitio en que descansaban su esposa y su hija, en-cargando al Ayuntamiento la presidencia del duelo.

Dejaba para misas por su alma doce libras valencianas y otras cinco libras para la festividad de Nuestra Señora del Rosario.

Hacía constar que poseía una casa en la ciudad de la Habana y que se le debían los sueldos devengados desde mayo de 1806 hasta el día de su muerte.

Respecto de sus hijos, nombraba como tutor al marqués de Usátegui y mandaba que se les entregara todo lo que por cualquier concepto le perteneciera.

A las cinco y media de la tarde de aquel mismo día recibió la Extre-maunción de manos del vicario D. Lázaro Ruiz, estando presente, como ya hemos dicho, el obispo Salinas.

Falleció Bermúdez de Castro a las cinco de la mañana del día si-guiente, 26 de agosto de 1807, a los cincuenta y un años de edad.

El entierro se celebró por la tarde del mismo día con toda solemni-dad. Presidió el duelo el Ayuntamiento bajo mazas, dándose guardia de honor al féretro por una compañía de fusileros del Regimiento de Infantería de Soria, que a la sazón se hallaba en la Villa. El Padre Rocafort cuenta así la ceremonia: «Fuese por la calle de Zapateros, plaza de la Hierba, calle de la Encomienda, hasta la plaza de la Oli-vera, y subiendo por la calle de la Amargura se entró en la de las Monjas hasta su iglesia... El acompañamiento fue el mayor que se ha visto en esta Villa».

Dejó nuestro gobernador un grato recuerdo entre los castellonenses, que no olvidaron su labor en beneficio del pueblo. Su nombre fue puesto a una de las calles que él contribuyó a formar: la que va desde la Puerta del Sol hasta la de San Roque. Aquella lápida de azulejos que existió en la plaza Nueva —hoy del Rey— conservaba este recuerdo que se ha mantenido hasta nuestros días.